sábado, 20 de agosto de 2011

Problema del Conocimiento


EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO DEL MUNDO EXTERIOR
EL PROBLEMA

Bodegón, Obra de Cézanne
Pensemos en un objeto cualquiera: nosotros creemos que existe y que conocemos objetivamente, por ejemplo, una mesa.  ¿Cómo sabemos que tenemos una mesa frente a nosotros?  ¿Realmente percibimos la mesa?  Todo lo que en principio podemos decir es que de la mesa tenemos un conjunto de sensaciones que se han dado en el tiempo.  Por ejemplo, decimos que la mesa es marrón.  Pero sabemos que no todos los lugares de la superficie de la mesa son percibidos teniendo el mismo matiz del marrón, y que dependiendo del punto de vista, de la intensidad de la luz y el reflejo de la misma, el color que vemos puede variar.  A veces en algunas esquinas la mesa parece roja, cuando hay mucha luz se nos aparece blanca y cuando es de noche no vemos el marrón por ningún lado.  ¿Es el color entonces algo característico de la mesa, que nos permite conocerla tal y como es?  Parece que no, pues si el color varía tanto, no podríamos seguir hablando de la misma mesa.

Podríamos pensar que la mesa es lo que podemos tocar.  Pero las sensaciones táctiles que podemos obtener pueden ser fácilmente confundidas con las de cualquier otro objeto.  ¿Cómo sé que estoy tocando una mesa y no otra cosa?  Además, las sensaciones del tacto varían también dependiendo de las condiciones.  Podemos decir que la mesa es lisa y plana, pero es evidente que podríamos hallarle rugosidades y asperezas, y que su temperatura varía dependiendo de qué tan caliente esté nuestra piel.  Entonces, parece necesario pensar que la mesa no está definida por las sensaciones visuales, táctiles o auditivas que tenemos de ella.

Obra de José Chiodini.
Ni siquiera la forma visible nos dice lo que es la mesa.  Desde lejos la mesa es pequeña y a medida que nos acercamos su tamaño cambia ante nuestros ojos.  Pensamos que las líneas que definen los lados de una mesa son paralelas, pero cuando las vemos y las imaginamos, parecen extenderse oblicuamente, como si se tocara en algún punto en el infinito.

En suma, todo lo que experimentamos de la mesa son nuestras particulares sensaciones, que no son constantes y que por tanto no parecen ser constitutivas de lo que llamamos mesa.  ¿Entonces por qué hablamos de la existencia de un objeto físico que causa todas esas sensaciones?  Tendemos a suponer, en la vida cotidiana, que todas esas sensaciones que tenemos han sido causadas por una realidad objetiva que existe independiente de nuestra manera de conocerla.

Pensamos que hay una mesa física, más allá de la evidencia de nuestros sentidos, que corresponde con el conjunto de sensaciones en el tiempo que le atribuimos a ese objeto y que es causa de esas sensaciones.  Creemos que cuando dejamos de percibir la mesa, el objeto sigue existiendo y que lo que múltiples observadores experimentan de una misma mesa, a pesar de que sea cualitativamente distinto, está siempre causado por el mismo objeto.  Creemos, en general, que la mesa no es un sueño.

¿Pero, en qué se fundamentan estas creencias y pensamientos si la mesa como tal no la percibimos?  Parece que en la experiencia por los sentidos sólo podemos tener un acceso directo a lo que es la apariencia de la mesa, pero de ninguna manera es evidente que por medio de nuestras sensaciones particulares, variables y subjetivas, podamos conocer lo que es la mesa en realidad.

Es más, a partir de la mera experiencia, no parece que podamos saber si existe o no un objeto físico que cause nuestras percepciones.  Eso simplemente lo pensamos, y es un problema para la filosofía saber en qué se puede fundamentar ese pensamiento; si es válido o no.  ¿Hay, pues, un mundo exterior que existe independientemente de mis experiencias y que las cause?

DEL REALISMO AL IDEALISMO

El problema del conocimiento del mundo exterior es un antiguo problema filosófico.  Mencionaremos algunos argumentos básicos que pueden surgir a la hora de intentar responderlo.

Obra de Renoir.
El primero es el realismo.  Afirma que en efecto existe un mundo externo, una realidad objetiva que causa nuestras experiencias, pues ¿cómo podríamos tener tales experiencias si no existen cuerpos que las causen?  Sin embargo, esta afirmación no es del todo válida, pues lo que se está poniendo en cuestión es si mis experiencias están causadas por un mundo exterior o no.  Y la pregunta filosófica apunta a establecer cómo podemos saber esto justamente.  Todas mis experiencias podrían estar, de manera perfecta, causadas no por un mundo objetivo exterior, sino por mi propia mente, como en un sueño.  Podría ser que todo lo  que yo llamo realidad fuese simplemente producto de mi mente o de un dios, que quiere engañarme haciéndome creer que vivo en un mundo físico y material, cuando en realidad lo que experimento es la creación de su mente poderosa.

La razón por lo que esto es posible es que todos nos podemos dar cuenta de que incluso nuestras sensaciones más básicas, aquellas en las que sólo interviene nuestra sensibilidad al analizarlas detenidamente, se muestran dependientes de un ser consciente que las perciba.  El hecho de que no podamos tener un acceso directo a los objetos que supuestamente causan nuestras experiencias, nos hace pensar que todas estas son mentales. No conocemos directamente las cosas en sí mismas, sino en tanto apariencias que se nos muestran.  Y las apariencias como tales son subjetivas.

Es claro que en la vida cotidiana pensamos que hay un mundo real que causa nuestras experiencias y creemos que hay objetos reales que son el fundamento de nuestro conocimiento.  Puede que haya objetos reales que nos produzcan experiencias, pero ese no es el problema.  La dificultad radica en cómo saber que en efecto existen tales objetos y cómo los podemos conocer como causas de nuestras experiencias, pues no tenemos un acceso directo a ellos y sólo los podemos conocer indirectamente, en la medida en que se nos manifiestan como fenómenos o apariencias.

Otro argumento es el idealismo, que sostiene que si hay cosas reales, pero éstas no se distinguen de lo que nosotros conocemos de ellas a través de la experiencia.  Las experiencias son mentales en la medida en que son actos de la conciencia que dependen de una mente para existir.  Al no distinguirse los objetos de nuestras experiencias, los objetos reales se convierten en entidades mentales.  No hay materia, dice el idealista.  Pensar que existe una realidad material independiente de una mente que la perciba hace inconcebible la posibilidad de que esa realidad material exista   , pues en el momento en que sea conocida su existencia, empezará a ser dependiente de la mente que la perciba y, por tanto, dejará de ser independiente.  El lema del idealismo es que todo lo que existe es lo que es percibido, y nada  más (en latín: esse est percipi).

SOLIPSISMO Y ESCEPTICISMO

Alguien podría pensar que la tesis idealista implica que al no haber realidad material que exista, independientemente de la mente que la perciba, toda mi realidad y todo el conjunto de experiencias son el producto de una sola mente.  Si yo pienso que no hay un mundo más allá de mis percepciones, podría pensar justificadamente que lo único que existe soy yo, mi mente, y todo lo que ella crea.  A esta postura se le conoce como solipsismo.  Pero si bien el solipsismo puede parecer conectado  al idealismo, al basarse ambos en argumentos comunes, hay una diferencia importante entre las dos.

Bodegón, Meléndez
El idealista cree que si hay objetos reales que existen independientemente de mi mente, pero no objetos reales que existen independientemente de cualquier mente.  Para el idealista existen muchas mentes, e incluso el idealismo clásico defendido por el filósofo británico George Berkeley afirmaba que la realidad era constante y existía porque había una mente eterna, la mente de Dios, que pensaba a todos los objetos y a todas las personas.  El solipsista, en cambio, es un ser solitario en el mundo, pues piensa que no puede existir ningún objeto independiente de su mente y que incluso las otras mentes, si las hay, son un producto de la suya.   La postura del idealista suena extraña, pero es más aceptable que la del solipsista.  En realidad pocos filósofos han defendido al solipsista, pues esta postura implica una visión del mundo tan ajena a nuestra manera cotidiana de ver las cosas, que la hace impráctica y poco sobrellevable.  Sin embargo, haya  argumentos que la apoyan.  Es deber del filósofo tener en cuenta esos argumentos, sobre todo cuando no está de acuerdo, pues puede construir su propia posición no solipsista atacando los argumentos solipsistas.  Una de las razones que hace dudoso al solipsismo, es que parece sacar conclusiones apresuradas.

Enrique Carrizosa
Del hecho de que no sepamos si existe o no un mundo físico como causa de nuestras sensaciones no se deduce necesariamente que el mundo externo no exista.  Si yo no sé si X existe o no, de ahí no puedo concluir necesariamente que X no existe, a menos que yo reduzca mi concepto de existencia a lo que yo sé.  Podemos pensar sin contradicción la existencia de objetos sin que sean conocidos o percibidos por alguna mente.  Es más, una de las condiciones que nos permiten hablar de objetos reales es de que estos existen sin necesidad de ser percibidos.  Con esto basta para mostrar que las conclusiones del solipsista son exageradas, pues no se establecen de manera necesaria a partir de las premisas que asumimos.  No obstante el solipsismo y sobre todo el idealismo sí tienen razón en algo, y es que, a pesar de que podemos pensar que existen objetos sin ser conocidos, no hay forma de constatar su existencia, pues en el momento en que tengamos la experiencia de los desconocidos, empezarán a hacer parte del conjunto de cosas que nos son conocidas.

Al menos, a partir de la experiencia parece seguro que no podemos saber de la existencia de objetos que existan independientemente de nuestras mentes, y lo que es lo mismo, tampoco podemos saber si no existen.  En filosofía, cuando sostenemos con argumentos que algo no lo podemos saber, decimos que adoptamos una postura escéptica.  Si concluimos, por el momento, que no podemos saber de la existencia o inexistencia de un mundo externo, entonces habremos adoptado una forma de escepticismo relativo al conocimiento del mundo externo.

Lo que hemos dicho es suficiente para plantear el problema del conocimiento.  Quedan por fuera respuestas más elaboradas.  Pues si bien la filosofía se origina muchas veces en el asombro que nos producen los argumentos escépticos, no permanece estática en ese lugar; si no se intenta dar respuesta a esas dificultades.


Bibliografía:
Tomado de: MONOGRAFIA, El problema del conocimiento del mundo exterior. Filosofía 10º,  Editorial Santillana Siglo XXI (ARCHILA RUIZ, Leonardo y Otros), pág. 230 - 233; 2000.

Actividades:

1.    Con base en la información del texto, realice un comentario sobre el siguiente interrogante: ¿Qué condiciones debería cumplir un objeto para ser considerado real?
2.    ¿Cómo se puede refutar el escepticismo relativo a la existencia del mundo exterior?
3.   La respuesta al interrogante 2º, enviarla al correo electrónico solo.informes.ita@gmail.com
4.    Fecha límite para la publicación de sus comentarios y el envío de sus correos: 09 de Septiembre/2011.